viernes, 11 de febrero de 2011

El rechazo

Si tú no me quieres no podré seguir.
Tienes que ver en mí todo lo bueno que atesoro.
Háblame de tus sueños, de tus miedos, de lo que te ha gustado esta película... escucho atentamente, tanto, que pierdo un autobús, dos, cien hasta que se me olvida que he de levantarme de nuevo en pocas horas.
Toma mis canciones, toma esta canción, que a partir de ahora será tuya, o quizás un poco de nosotros (aunque no lo sepas) cada vez que la escuche entraré en un trance hipnótico del que será casi imposible rescatarme para la vida real.
¿Oyes? es el sonido de mi corazón al galope porque no podía permitirme llegar tarde, ni despeinada, ni con un gramo menos de maquillaje.
Te regalo mis horas, horas suspendidas en un recuerdo y en una consulta permanente a mi email por si me necesitas, por si recuerdas a su vez, en el instante exacto en que me pregunto cuántas veces has pensado en mí.
Coge mis secretos, ábrelos como una caja de música y me descubrirás dando vueltas sobre la puntera de raso con los labios cada vez más fruncidos y la mueca un poco más severa.
A cambio, no me llamarás ni aunque escriba en mi estado que voy a quitarme la vida, tendrás luego una palabra de consuelo para la pérdida, una palabra reciclada que bien podría aplicarse al calentamiento global o a la muerte de Michael Jackson. Me darás un abrazo y dejarás un hueco horadado entre mi vientre y mi voz.
Y no habrá queja porque no podría soportar tu rechazo, acaso una palabras furibundas, una borrachera improvisada con amigos del alma, un mensaje inapropiado a las horas en que los gatos saltan.
Morderé mi propia lengua e iré muriendo, lenta, lentamente con el veneno del amor propio.
Y un día, sin pensarlo demasiado, sonará esa canción regalada y se me anudarán  las lágrimas por fin. Escribiré una líneas para cerrar la caja de mis secretos y la canción será a cada segundo, menos nuestra y mucho más mía.

http://www.youtube.com/watch?v=Q-d2T7K6rGI&feature=fvst

martes, 21 de diciembre de 2010

Tu nombre olvidado

Aquella mañana en cuanto abrió los ojos descubrió un techo sobre sí.
Un techo blanco, ligeramente agrietado, de donde una vez pendió un móvil de estrellas.
Miraba un techo, su techo, porque hasta donde la memoria alcanzaba los despertares nacían con una respiración rota y un arrojarse al fango.
Podría deambular por la cornisa de escayola, podría prescindir de su cuerpo el tiempo que le viniese en gana. Sin prisa. Inmóvil como una salamandra de hielo, vibrando en ese parpadeo del amanecer cuando exuda una única lágrima, el llanto por el nuevo día.
Quiere abrir la boca y sacar por ella la cucaracha que durante toda la noche, ha pataleado en su cerebro. Desde la garganta no se hace la luz, ni en los ojos, fijos aún en la vertical. Ni por la nariz, ni por los oídos. Y el bicho arriba y abajo, arriba y abajo.
Y echa a caminar, el cuerpo se queda atrapado entre el colchón y la montaña de ropa. Recorre la habitación igualmente hacia el espejo de la cómoda. Puede que ante el cristal la cucaracha encuentre salida. Y descubre su imagen incorpórea atravesando con la mirada. Ojos que le pertenecen, bocanada de tierra. Alguien conocido frente al espejo, similar a quien un día fue, cuyo rostro sonríe en un marco de madera, desde una imagen en la red social.
Hace una eternidad que no contempla esos rasgos propios, han variado de los ojos verdes a los oscuros, un hoyuelo en la barbilla o un lunar en el labio. En otros, siempre en los otros. Tarareando entre los dientes una melodía de la que se apropió aquella noche insomne, desviando la percepción de un recuerdo ajeno y una historia vivida por personas anónimas.
La noche anterior no había regresado a la busca. No abrió la pantalla jadeando como una perra a la sombra del mendrugo.  Por una vez perdió la prisa por entregarlo todo. Y se quedó en la cama, mirando el techo, mientras de fondo sonaba un pitido tras otro, reclamos de veneno. Dosis minúsculas de ego.
Con la mano izquierda, la del corazón, se abre la boca hasta que cabe el puño; con la derecha se tapa los ojos. Tiene que sacar aquello que corre.
El techo, la cama, el cuerpo enguiñapado, el espejo, la habitación entera gira en bucle.
Ya con la punta de los dedos lo atrapa y lo va extrayendo lentamente, arrastrando en su salida restos de carne. Apenas parece moverse a la luz, se contorsiona extático.
Tiene que enfrentarlo.
Se descubre y lo descubre...
Eras tú. ¿Quién demonios eres ahora tú? 

lunes, 31 de mayo de 2010

Para qué

Para qué mi voz y estas líneas. Cuando recorro mi paisaje interior con temor a encontrar algo más que me dañe, algo que otros puedan hallar que no quiero que conozcan.
Escribo para entenderme. Lo hago público para que me entiendan y aún así, no tengo claro que eso sea posible, que sea lícito y que no sea más que pornografía emocional repleta de malformaciones.
No me gusta sentirme perdida. Sé que es necesario. Perderse para encontrarse, perder a alguien para que te encuentre, dejarse perder y no echarse a perder.
En un mundo en que se mata y se tortura, se invade lo público y lo privado, se resta importancia a lo esencial y la frivolidad se convierte en la moneda de cambio, me siento perdida. Y busco algunas palabras que den en la diana como ancla a la realidad cuando la locura se convierte en un plato tan apetecible...
¿Es posible que sirva para algo?
¿Qué podemos hacer desde la palabra o la intención?
¿Puede el arte mantenernos en lo humano?
Quizás dejamos de serlo hace tanto tiempo... que no somos capaces de asimilar la pérdida.
Pero algo podremos hacer, algo, no sé qué.
Sí, lo sé, no lo digas, mi entusiasmo es fascinante.
El entusiamo, en definitiva, sigue relacionado con la locura.

A partir de ahí ¿hacia dónde?
¿lo sabes tú? ¿y tú?
vamos? vienes? voy?
llego? te llego?

Para qué preguntar.

viernes, 9 de abril de 2010

(...) "Me doy cuenta de que al correr hacia Y lo que más deseo no es encontrar a Y al término de mi carrera: quiero que sea Y la que corra hacia mí, ésta es la respuesta que necesito, es decir, necesito que sepa que corro hacia ella pero al mismo tiempo necesito saber que corre hacia mí. La única idea que me reconforta es, sin embargo, la que más me atormenta: la idea de que si en esta momento Y corre hacia A , también ella cada vez que vea los faros de un coche que va hacia B se preguntará si soy yo el corre hacia ella, deseará que sea yo y no podrá jamás estar segura. Ahora dos coches que van en direcciones opuestas se han encontrado por un segundo uno junto al otro, un resplandor ha iluminado las gotas de lluvia y el rumor de los motores se ha fundido como en un brusco soplo de viento:  quizás éramos nosotros, es decir, es seguro que yo era yo, si eso significa algo, y la otra podría ser ella, es decir, la que yo quiero que ella sea, el signo de ella en el que quiero reconocerla, aunque sea justamente el signo mismo que me la vuelve irreconocible. 
Correr por la autovía es el único modo que nos queda, a ella y a mí, de expresar lo que tenemos que decirnos, pero no podemos comunicarlo ni recibirlo mientras sigamos corriendo"
Los amores difíciles.
Italo Calvino.

martes, 6 de abril de 2010

Dos puntos. Punto.

Tener y no tener.
Querer y no querer.
Desear el peligro y temer al deseo.
Dar y no recibir.
Recibir y no permitirme dar.
Soñar despierta.
Dormir insomne perdida.
Guardar en la boca del estómago una palabra tuya, que no se pronuncia.
Contemplar cómo el desastre lo va invadiendo todo igual que una lengua de fuego. Y cerrar los ojos para sentir su calor. Y abrigarme ahora, porque se apagará en mi cuerpo; helado y exhausto, sangrante y calmo.
Anochezco en este principio.
Y digo: adiós, digo: qué pena, digo: jódete.
Callo y caigo.
Me levanto y ando.
Camino ¿camino?
Al menos, tengo. Menos mal que me tengo.
Me tengo en pie, tengo un abrazo cuando lo necesito, mantengo los ojos abiertos de par en par. Siempre; es mi retrato exacto en la medida del caos.
No basta con entender.
Puedo ser poco alegre. Puedo perderme en la maraña de calles. Puedo buscar el filo de las cosas y de las palabras. Puedo componerte una canción o cocinar. Pero no lo haré.
Y digo: punto.
(.)

viernes, 26 de marzo de 2010

FURIA

Yo no quiero gustarte.
No pretendo que te interese lo que digo ni las palabras que coloco por escrito, una junto a la otra.
No me interesa fascinar ni con mi esencia ni con mi mensaje.
Yo no voy a convencerte de nada ni a prefabricarte ideas. Mantén las tuyas si acaso las tuvieras y defiéndelas a muerte porque es lo que te identifica.

Yo ni siquiera ansío caerte bien, existe cierta afinidad inconsciente que une a determinadas personas y las sitúan como a mis palabras. Culpemos al azar.
Probablemente, tampoco merezcas que yo te caiga bien porque eso me llevaría a quererte de alguna absurda manera. Y las maneras absurdas dañan.

He dejado un espacio angosto entre tu criterio y mi ego por si sucede el milagro. Y el túnel se va cerrando a medida que la decepción entra en escena.
No se puede tener criterio mirándose los pies. Sería un criterio de mierda, o por lo menos, a ras de suelo.

Esperaba que tus palabras correspondieran a tus actos, será que el teatro me ha pervertido y evalúo las acciones como lo veraz. Y aún así, siempre confío en un plan b, en un mal entendido.
La vileza me provoca furia.
Me la arranca de las entrañas y extrae de mí una voz grave que no titubea si tiene que herir. Una voz que no suele gustar. Pero no pretendía gustar.
Es una lástima.
Detesto profundamente las maneras, las poses, la rebeldía barata, la inconsciencia, el compromiso hecho de ceniza. Detesto la verdad al peso y el: -Tía, no te pienses que...-
Lo pienso, ten por seguro que lo pienso. Y si lo pienso lo sé, y si lo sé actuaré en consecuencia. Después de todo, no creo ser mejor que tú. Quizás más coherente.
Eso sí, más coherente.

Necesitaba escribir mi voz en la pantalla y llamarlo por su nombre.




 






 

lunes, 11 de enero de 2010

Voy a actualizar el blog porque han pasado muchas cosas y ha pasado el tiempo. Voy a escribir unas líneas que me extraigan el veneno que se arremolina en mi sangre.
Voy a maldecir al cielo por no poner nombres concretos y sobre todo, por no contaminar mi escritura.
Llegó la Cuarta Pared, llegó el Año Nuevo, llegó la nieve.

Yo sé, sé algunas cosas.
Entrego mi corazón por las cosas que quiero. Lo hago desde niña y no he aprendido la lección. Me entusiasmo (de locura, de frenesí) con la gente y lo que es peor, confío en ellas.
Con toda la estupidez y con toda mi aparente bondad me trago el anzuelo y siempre voy a parar al lecho del río.
Puede que no me explique bien o sobre todo, a tiempo. Hay espuelas que duelen más cuando se recuerdan que cuando se clavaron.
Hay odio, desilusión, furia, hay una rabia eterna por tener algo que decirte y no ser capaz de decirlo. Hay un fondo del mar habitado por mil monstruos y todos ellos, reposan en mí.

La puta vida, el puto teatro, los putos amigos, los putísimos jefes, los putos amados, la puta esperanza y la fiebre del oro.
Y de nuevo en la cuerda floja. En el borde de tu tejado.
Tú, sí, tú... ¿me abres la ventana?
Decepción dos mil millones.
Laura, cuándo aprenderás a no querer.

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